Nace, Hierve, Tiembla: doctrina para escribir milagros
El otro día me puse a hervir tres huevos, huevos blancos y comunes como el cielo de ese día, cuya palidez se enfrentaba a mis ojos como si fuese un espejo plagado de cataratas excavadas por mí misma negligencia. Hay que mirar al cielo—una conclusión vaga.
Aun así, pese lo corriente del momento, me quedé al lado del caldero, mirándolo, acompañándolo en su aguante existencial, con el bolígrafo en la mano ansiando que de aquellos huevos revueltos saliese un disparo a buscar la página a través de mi tinta opaca, el recio bloc gritando en la esquina. Pero no. No me surgió nada—ni a mí ni al caldero. De lo que hierve nada se saca. Más rápido se evaporan mis ideas que nacen mis impulsos a la vera de un caldero.
Y ahora, días después de ese gran malentendido con esa olla, pienso: Nace, Hierve, Tiembla. Así le puse a los huevos, los cuales endurecían sobre un calor rotundo y terco, un calor que sufría entonces y por siempre sufrirá de un destino de piromanía, de derretirlo todo.
En mi perspicacia, que viene a mí siempre póstuma y repleta de experiencia, repito la fórmula cansada, pero valiente del crear, y la perfecciono: (1) tomar una día cualquiera por los cuernos, sin dañarlos por supuesto; (2) hacer algo cotidiano, necesario incluso, en toda esa cualquieridad, es decir seguirle la corriente al tiempo y darle al cuerpo lo que pide, lo cual casi siempre es paz y algo familiar, ósea, vino y el pan de cada día; (3) dejar pasar tres días más de ese mismo tipo; (4) sentir de la absoluta nada que algo hierve, que se desborda alguna magia por los labios de ese gran caldero de la mente, que se quema la casa de la vida, que tibia ya no es la tarde típica de un universal enero; (5) reclamarle a la normalidad el mystère de la urge creativa, emborracharse de angustia, echarle la culpa al maldito cielo que te mira y te mira con desvelo y sin preguntas y sin respuestas, ese cielo vago que no ha hecho nada con su puto día y aun así es lo más bello; (6) emborracharse de amor e inevitablemente embriagarse de tinta.
La droga de la creación se neuroplatificó como adicción cuando no había nada que hacer en este mundo. Luego se hizo la luz, y bueno, ya ve usted el resultado de la luz. Querido lector, esperando yo que sea usted al igual que un lector también un artista, le recomiendo quedarse sin ánimo, desanimarse, aburrirse, y drogarse. Y claro, más que nada le recomiendo tres huevos al día—y el cielo.
brut, secco, Vanessa
in the morning
no peso nada
brut, secco, Vanessa y ahora
más el peso de una mañana sobria
más el peso del tizne mío
mezclado con el tinto tuyo
más el peso de la una
más el peso de la una que no se hace las dos
y yo queriendo tanto hacer de una dos
o el peso de ti que te haces la loca
o la maga, y desapareces
y me dejas aquí con el peso del día
y me dejas aquí bruta y seca y vanessa
y espumosa y efervescente y satinada
y desatinada y me pesa todo menos tu
y todo de más y menos tus dedos
aguantando el peso de mis vinos